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Año 2006 | 2007
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5 de julio

EL DÍA QUE EL PRESIDENTE URIBE MARCHÓ CONTRA EL SECUESTRO

Bogotá, 5 jul (SNE). Faltando cinco minutos para las 12 del día, el presidente Álvaro Uribe Vélez apareció por la puerta de la Casa de Nariño que da a la Plaza de Armas. Excepto por un escolta vestido de civil, iba solo. Iba solo y de prisa. “Estamos como retrasaditos”, dijo consultando el reloj.

El Presidente apenas sí había tenido tiempo para desembarcar del avión que lo trajo de Chaparral, trasladarse al Palacio, atender dos o tres cosas urgentes, darse un baño y vestirse para la ocasión histórica. Se había calado un riguroso vestido azul y, mientras avanzaba hacia la Catedral Primada, iba comiendo de un racimo de uvas grandes y azules que desgranaba una por una.

Al llegar a la mitad de la Plaza de Armas, se encontró con un grupo de funcionarias de la Presidencia, quienes, vestidas con camisetas blancas con letreros alusivos a la gran jornada contra el secuestro, se tomaban una foto. “Muy bonitas las camisetas”, les dijo el Presidente y les compartió las uvas. “Muchas gracias y un saludo a todas, con mucho cariño y gratitud”.

Avanzó hacia la Carrera Séptima, preguntando por su hijo Tomás y seguido por las funcionarias de las camisetas. Ellas le decían: “Unas escoltas como nosotras, no ha tenido nunca el señor Presidente”.

Es casi seguro que para sus adentros el Presidente se preguntaba: ¿y a mí por qué no me dieron camiseta? Esto quedó en evidencia cuando, al salir a la Carrera Séptima y ubicarse al frente del nuevo edificio del Congreso (donde lo esperaban su esposa Lina Moreno y sus hijos Tomás y Jerónimo, además del canciller Fernando Araújo, el asesor José Obdulio Gaviria y ex presidente Belisario Betancur, entre otras personalidades), alguien se le acercó ofreciéndole la tan anhelada camiseta. El Presidente sonrió. Le brillaron los ojos. Se despojó del saco y se vistió la camiseta por encima de la camisa con corbata. El letrero de la camiseta decía: “Libertad sin condiciones, ya”.

En este lugar se detuvo un minuto para saludar de mano a quienes más pudo. Preguntó que dónde estaban los “Chicago boys” de Planeación Nacional, e intercambió impresiones con el ex presidente Betancur. Luego todos avanzaron por la Carrera Séptima hacia la Plaza de Bolívar, donde lo recibió la multitud blandiendo pañuelos blancos. Unos gritando: “Buena esa, Presidente, buena esa”. Otros exhibiendo pancartas donde se leían frases como “No al despeje”, “Adelante, Presidente”, “No al secuestro”, “No más burlas de las Farc” y “Liberen a Emmanuel”.

En la esquina suroriental de la Plaza, el Presidente se puso las gafas oscuras, pero de inmediato se las quitó. Cogió un pañuelo y lo batió, uniéndose a la marejada de pañuelos blancos que inundaban la plaza. Dio varios pasos más y ya, en mitad del trayecto y por entre la calle de honor, salió a su encuentro Luis Eduardo Garzón, el alcalde de Bogotá. Se saludaron estrechándose las manos. En ese momento tocaban a vuelo las campanas de la Catedral, mientras que la multitud en la plaza gritaba: “Libertad, libertad, libertad”.

EL DÍA HABÍA EMPEZADO EN CHAPARRAL

La jornada nacional contra el secuestro había estado en la mente del Presidente de la República desde las primeras horas de este jueves 5 de julio.

Así lo hizo saber a quienes lo recibieron a las 7 de la mañana en el aeropuerto Navas Pardo del municipio de Chaparral. A esta localidad del sur del Tolima, famosa por el coraje de su pueblo indígena en la época de los conquistadores, el Mandatario llegó a bordo de un avión Casa de la Fuerza Aérea Colombiana, sin desayunar y vestido de pantalón beigge, camisa azul a cuadros, sombrero, poncho y botas cafés.

Lo acompañaban el ministro de Defensa, Juan Manuel Santos; los comandantes de las Fuerzas Militares, el Ejército, la FAC, la Armada y la Policía; el Director del DAS; el asesor José Obdulio Gaviria; el secretario de Prensa de la Presidencia, César Mauricio Velásquez; algunos congresistas y funcionarios del CTI de la Fiscalía General de la Nación.

El gobernador del Tolima, Fernando Osorio, el alcalde de Chaparral, Heliófilo Mosquera, los alcaldes de los municipios de Rioblanco y Rovira y altos mandos militares y policiales de la región, hacían parte de la comitiva que fue a darle la bienvenida.

Lo previsto era que de inmediato el Presidente se trasladara a las instalaciones del Batallón en la localidad, para liderar una reunión con representantes de gremios y líderes cívicos y para, a la vez, realizar un consejo de seguridad, con miras a fortalecer la acción de la fuerza pública en la zona.

Sin embargo, el Presidente cambió los planes sobre la marcha, aduciendo que quería ir al centro del casco urbano para hablarle a la comunidad, directamente, sobre la necesidad de no claudicar ante el terrorismo y despejar al país de bandidos.

Pero resultó que al llegar a la plaza principal de Chaparral, la comitiva se encontró con que había muy pocas personas en el sitio. La misa matinal había concluido y los feligreses se habían marchado. Apenas pasaba por allí una decena de parroquianos que iban para la plaza, para sus trabajos o para sus negocios, al igual que cinco o seis pequeños transportadores.

A lo mejor esperando a que mejorara la audiencia, el Presidente entró al restaurante “El Embajador”, donde pagó 50 mil pesos por una tanda de 50 buñuelos y almojábanas, con que desayunaron él y sus acompañantes, así como uno que otro afortunado chaparraluno que atinó a pasar por allí en ese preciso momento.

Ya desayunados, se tuvo la idea de que el Presidente empezara a hablarle al público desde el balcón del tercer piso del restaurante, pero esto se descartó porque con el equipo de sonido con que se contaba, un humilde megáfono, era imposible que Uribe se hiciera escuchar en los cuatro costados de la plaza de Chaparral, cuyo nombre, “Plaza de los Presidentes”, había atraído poderosamente la atención del mandatario de los colombianos.

Frente a este obstáculo, no hubo más remedio que pedirle permiso al cura párroco del municipio, el padre Jesbán Rodríguez, para que permitiera al mandatario pronunciar su discurso desde el atrio de la Iglesia San Juan Bautista.

Cuando el Presidente dio inicio a sus palabras, hacia las 7:30 de la mañana, ya se le arremolinaban unas 500 personas. Media hora después, la plaza estaba atiborrada.

Terminado el discurso, en el que el Presidente se sintió como pez en el agua, como en sus mejores tiempos de orador y “combatiente de la democracia”, Uribe recorrió metro a metro el cuadrado completo de la Plaza de los Presidentes, saludando de mano a cada persona, preguntando a cada uno cuál era su percepción sobre si había mejorado la seguridad y la vida económica del municipio.

“¡Viva Chaparral, viva el Tolima, viva Colombia!”, gritó desde el carro que, poco después, lo llevó de regreso al aeropuerto.

Una vez allí, se buscó un sitio para realizar el consejo de seguridad, pero Uribe prefirió hacerlo al aire libre, en un prado, mientras los asistentes terminaban de dar buena cuenta de las almojábanas y los buñuelos que habían sobrado, bajo la sombra de árboles payandé, vainillo y sembé.

Al despedirse para abordar el avión, alguien lo felicitó por su cumpleaños número 55, y el Presidente dijo que le gustaría quedarse todo el día en Chaparral, pero que tenía que venirse a Bogotá para hacer presencia en la manifestación pública del pueblo colombiano contra el secuestro.

Anunció, sin embargo, que pronto realizaría un consejo comunal en Rioblanco, un municipio cercano, también del Tolima, para tratar más íntegramente la problemática social y de seguridad de la región.

En su discurso de Chaparral, aparte de rememorar que de allí habían partido grandes hombres de la patria como el general José María Melo, Murillo Toro y Darío Echandía, el Presidente dijo, con fervor, que este era el instante definitivo de despejar de bandidos el sur del Tolima y de recuperar “un momento en el cual la ciudadanía pueda dormir tranquila y volver a pescar de noche”.

“Esta cordillera es una colcha de propiedad democrática –expresó–. Aquí la guerrilla ha maltratado al campesinado. Aquí no hay grandes comerciantes, aquí hay una colcha de pequeños comerciantes, aquí hay un pueblo digno de medianos recursos con gran sentido de patria. Un pueblo que ha sido maltratado por ese verdugo que son las Farc, y tenemos que quitarles de encima ese verdugo”.

EL DÍA ANTERIOR

Durante las últimas 24 horas, es decir todo el día del miércoles 4 de julio, precisamente el día en que cumplió 55 años, el presidente Uribe había estado pendiente de los pormenores de la jornada contra el secuestro, a tal punto que este fue el tema recurrente de las entrevistas que concedió. Sólo a unos pocos aceptó hablar del aspecto humano de su onomástico.

El asesinato de los 11 diputados vallecaucanos, la marcha contra el secuestro, la convicción de que la ciudadanía debía manifestarse para exigir a los violentos la liberación, inmediata y sin condiciones, de los secuestrados, así como la entrega de los cuerpos sin vida de los diputados, habían ocupado toda la agenda del miércoles.

Para el Presidente, era claro que la cadena humana contra el secuestro no sólo debía exigir esto a los terroristas, sino también dirigirse al Gobierno para reclamarle firmeza en estos momentos de dolor. Una firmeza traducida en no permitir que el terrorismo chantajee al país. En mantener cero tolerancia frente al terrorismo, cero tolerancia frente a la concesión de zonas de despeje, cero tolerancia frente a la liberación de guerrilleros para que vuelvan a delinquir.

Estas ideas las expuso con amplitud durante una jornada de entrevistas con varias emisoras, en las cuales el Presidente trató de evitar cualquier referencia a su cumpleaños, pese a la insistencia de la prensa. Pero cuando el periodista Darío Arizmendi, de Caracol Radio, le dijo que a sus 55 años parecía un “muchachito”, Uribe no tuvo más remedio que contestarle con una de sus frases típicas: “Hay que levantar la enjalma, para que se vean las talladuras”.

Por ahí hacia el mediodía, en una de sus salidas del despacho, el Presidente se encontró con un grupo de niños scouts que iban a la Casa de Nariño para conocerla. Él los saludó llamándolos “hijitos”, y ellos aprovecharon para cantarle el happy birthday y para dejarle una pañoleta como regalo.

Más tarde recibió una llamada de los periodistas de la emisora Candela Estéreo, y con ellos hizo una excepción: accedió a hablar sobre temas más informales. Envió un saludo a los jugadores y el cuerpo técnico de la Selección Colombia y recibió una serenata que dijo haberlo “conmovido en las fibras de la patria”.

El Presidente no tuvo objeción en confesar que canciones como La Ruana, El Camino de la Vida o Río Badillo, estaban entre sus predilectas. Que de pequeño gozaba con que le regalaran un balón número 5 o una bicicleta de semicarreras. Que de comida, lo que más le gustaba era “empezar con unos frijolitos, una arepa tostada y un queso molido de Antioquia, seguir con un champús del Valle del Cauca, y sumarle a eso un ajiaco bogotano, una mazamorra boyacense, una carne de cabrito santandereano, un sancocho de la Costa Caribe, un frichi guajiro, una lechona tolimense o unos bizcochitos de achira del Huila, acompañados de un jugo que se llama chalupa. ¿O qué me dice de la carne mamona del oriente colombiano? Es la mejor carne del mundo que haya saboreado”.

El Presidente se declaró más bien “malito” para el cine, aunque aceptó que de pequeño veía Lassie y el Llanero Solitario. Otro tanto dijo de sus gustos para vestir, de su ropa predilecta, sobre lo cual afirmó: “Yo me vestía de El Éxito, ahí en la Séptima, de Hernando Trujillo. Yo pocas veces le paro bolas a eso”. Y en cuanto al fútbol, ni qué decir. Aseveró que en algún momento fue seguidor del Atlético Nacional, pero que a la gente de Antioquia él le decía siempre que necesitaba también de los votos de los hinchas del Deportivo Independiente Medellín.

¿Que cuándo pensó por primera vez que podría ser Presidente? “Hombre, William, todo el que está en la carrera política, en la lucha política, piensa en la Presidencia de la República. Pero a estas alturas, lo que pienso es que mi Dios me ayude a que estos tres años que me faltan en la Presidencia los pueda hacer con toda honradez, con todo amor por Colombia, por los colombianos y de manera útil para nuestra patria”.

¿Que cuál ha sido su día más triste en el ejercicio de sus funciones presidenciales? “Hombre, William, el cumplimiento del deber hay que hacerlo con felicidad, pero hay horas muy tristes. Este asesinato de los diputados, asesinados el 18 de junio, mientras unos delegados europeos autorizados por el Gobierno hablaban con el criminal Raúl Reyes, en busca de un acuerdo humanitario. A esa hora las Farc estaban asesinando a los diputados. ¿Cómo le parece? Diálogo y asesinato al mismo tiempo. ¡Criminales! ¡Qué doble moral! Muy triste que no entreguen los cadáveres, cuando el Gobierno los está esperando para que los examine una comisión internacional forense, que le cuente a Colombia y al mundo la modalidad de ese asesinato lleno de alevosía, lleno de sevicia. Sí. Hay hechos tristes. La muerte de Juan Luis Londoño, el ministro de Protección. Hechos tristes como la muerte de Gilberto Echeverri y la de Guillermo Gaviria Correa. ¡Bendito sea mi Dios! Pero el cumplimiento del deber hay que hacerlo con amor y con felicidad”.

¿Y el momento más alegre, señor Presidente? “Hombre, William, todos los momentos del cumplimiento del deber hay que hacerlos con alegría. Por ejemplo, cuando se recibe una buena noticia sobre que cedió el desempleo, uno siente unos minuticos de alegría. Sí. Cuando hay disminución del desempleo. Cosas de esas”.

COMUNIÓN CONTRA EL SECUESTRO

A las 12 y 5 del día, el Presidente entró a la Catedral para participar en la misa que, en memoria de los 11 diputados asesinados por las Farc y como parte de la manifestación pública realizada en distintos lugares del país contra el secuestro, ofició el Cardenal Arzobispo de Bogotá, monseñor Pedro Rubiano Saénz.

El prelado hizo un ferviente llamado desde el púlpito: “No dejemos apagar en el corazón y en el alma las llamas que se han encendido en la oscuridad. Nuestra luz de esperanza es más fuerte que la muerte, y nadie la podrá apagar”. Y explicó también que la Iglesia se unía a la voz del pueblo colombiano que se había levantado, con vigor, este jueves, para repudiar el asesinato de los diputados y clamar que sean devueltas a sus hogares las personas que permanecen secuestradas.

El Presidente comulgó y oró de rodillas por los secuestrados y sus familias. La celebración eucarística terminó a la 1 y 40 de la tarde. Para entonces se había previsto que el Presidente no saliera de nuevo a la plaza sino que regresara a la Casa de Nariño por la carrera sexta, pero él prefirió regresar por donde había llegado, por entre el gentío y los micrófonos, ya sin la camiseta y saludando con la mano en alto a la muchedumbre.

Varios periodistas le preguntaron qué significaba para él esa manifestación multitudinaria que había levantado su voz contra el secuestro. El Mandatario lo sintetizó en unas pocas frases: “Es la expresión de la dignidad de Colombia, de la firmeza del pueblo colombiano. Es el carácter del pueblo colombiano, la justa decisión del pueblo colombiano de no claudicar ante el terrorismo, de superar definitivamente esta tragedia del terrorismo, para que las nuevas generaciones puedan vivir felices”.

Antes de ingresar de nuevo a la Casa de Nariño para acometer la intensa agenda de la tarde, cuando pasaba por frente al edificio nuevo del Congreso, Cecilia Ligia, una mujer que desde hace 20 años trabaja en el rebusque (cuidando carros, vendiendo confites) en este sector, se le acercó y le pidió dinero “para el almuercito”. El Presidente buscó entre los bolsillos y le entregó un billete doblado que nadie pudo ver. Ella miró con detenimiento el billete, como si no lo pudiera creer. Abrazó al Presidente, y él se despidió de ella con un “chao, hija”.

–¿Cuánto le dio el Presidente?– le preguntaron a Cecilia Ligia.

–¡Cincuenta mil lucas!– respondió ella.

–¿Cincuenta mil?

–Es que ese doctor Uribe no deja de ser tan bello– dijo Cecilia Ligia, y se fue a almorzar.

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